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domingo, 14 de febrero de 2016

24. El castigo (Parte II)



César no aparta su pesada mirada de la mía, está enojado, lo puedo sentir. Pero no me importa, porque quiera o no, va a tener que obedecerme. Camino lentamente hasta llegar al borde de la cama y lo miro con una maliciosa mirada, indicándole mi superioridad.
—¿Es en serio? —me pregunta al fin, cuando mis ojos vencen a los suyos.
—No estoy bromeando, mámasela.
Él regresa su mirada a Rodrigo y niega con la cabeza.
—¿Y si no lo hago?
Sabía que podría suceder algo así, no me sorprende, ya estaba preparado.
—Ah, ¿no lo vas a hacer? Perfecto. —Regreso al sillón y del buró donde estaban los cigarrillos, tomo mi teléfono celular y comienzo a teclear.
César me mira con cautela, está esperando a que algo suceda para verse obligado a obedecerme.
—Juan —digo cuando me contesta uno de mis asistentes a mi llamada—, ¿ya tienes a la familia de César localizada?
César se sorprende al escuchar mi conversación.
—Mátalos a todos —le ordeno.
—No serías capaz de hacer eso —dice César asustado.
—Te dije que el que mandaba aquí, era yo —le digo, nuevamente con una sonrisa perversa—. Y ahora espero que te quede claro.
—Estás mintiendo.
—No me desafíes, César.
César se queda inmóvil y pensativo, al parecer ya comprende la gravedad de la situación en la que se encuentra. Miro por un momento a Rodrigo, el pobrecito está temblando de pies a cabeza.
—¡Estás mintiendo, maldito pervertido de mierda! —grita César de repente, está desesperado, no puede pensar con claridad.
Me vuelvo a la llamada.
—Juan, ¿podrías decirme la dirección en la que te encuentras?
César mira a Rodrigo sus labios tiemblan desenfrenadamente, debe tomar una decisión, y ojalá no tome la equivocada.
—Calle Los Robles, número 71, colonia La Pradera…
César comienza a llorar con desesperación.
—Por favor no les hagas nada, te lo ruego —me dice entre llantos.
—Tienes diez segundos para tomar una decisión. Diez…
—No hagas esto, por favor.
—Nueve.
—Hago lo que quieras, pero menos eso, yo no soy joto…
—Tres…
—Oye, espérate —exclama Rodrigo—, ¿qué pasó con el ocho?
—Dos.
—Está bien, lo haré —suelta César por fin.
Regreso a la llamada.
—Olvídalo, Juan —le digo a mi ayudante—, parece que César ha tomado la decisión correcta.
Finalizo la llamada, dejo el teléfono en el buró y vuelvo a acercarme a mis víctimas.
—Acuéstate, Rodrigo…
Este obedece de inmediato y se acuesta boca arriba.
César mira fijamente la entrepierna de Rodrigo, parece que se prepara para comenzar a realizar lo que le pedí. Me regresa la mirada y suelta un profundo y largo suspiro.
Y entonces, cuando está completamente decidido, se acerca lentamente a Rodrigo, colocándose de rodillas en la cama. Coloca su mano, con movimientos temblorosos, en el calzón de Rodrigo y lentamente tira de él. Es lógico que, por el miedo, Rodrigo no está excitado, espero que eso pase pronto, si no se excita, arruinaría la diversión. César se acerca despacio y al estar a tan solo pocos milímetros del miembro de Rodrigo, muestra expresiones de asco en su rostro. Y por eso, impacto el fuete en su espalda.
—No mames, espérate —me dice desesperado.
—Eso no se hace, estúpido.
Cierra los ojos y por fin introduce el pequeño miembro de Rodrigo en su boca.
—Eso es —le digo con emoción y recorro mi labio superior con la lengua para humedecerlo.
César comienza a chuparlo, intentando soportar el asco, su rostro está colorado y mantiene los párpados fruncidos.
—Chúpalo más —le ordeno.
Rodrigo cierra los ojos, y levanta la mirada, parece que empieza a gustarle.
—Mámaselo más…
César continúa chupando, haciendo pequeñas pausas para poder respirar y disminuir el asco. El miembro de Rodrigo comienza a reaccionar, mucho más rápido de lo que pensé.
—Mastúrbalo —le digo una vez que el miembro de Rodrigo está completamente duro.
César coloca su mano derecha en el pene de Rodrigo, lo masturba al mismo tiempo que lame el glande.
—Más, mámalo más.
Entonces, se agacha para metérselo todo, el pendejo se ahoga momentáneamente.
—Así no, imbécil.
Lo aparto y coloco mi mano en la parte media el pene de Rodrigo para comenzar a sacudirlo con movimientos rápidos.
—Así, así lo debes de masturbar, ¿entiendes?
César me echa una mirada llena de rencor y odio, pero no dice nada.
—Sí, entiendo —contesta con seriedad.
Rodrigo gime al sentir cómo mi mano le produce placer.
César acerca su mano nuevamente para seguir masturbando a Rodrigo. Me aparto y me alejo un poco, la verdad es que Kevin tenía razón, ver a dos hombres teniendo intimidad, es muy excitante.
Mi cuerpo pide a gritos sentir placer y lo haré, también Rodrigo debe recibir su castigo. Por lo tanto, camino al lado de la cama donde está la cabeza de Rodrigo, me agacho y le digo al oído en un susurro:
—¿Te gusta cómo te la mama?
Rodrigo se limita a solo asentir con la cabeza, sin ni siquiera abrir los ojos.
—Pero tú también debes recibir tu castigo, amor —le aviso, lo que le hace abrir los ojos de inmediato y mirarme.
Asiento despacio, parece que sabe lo que está a punto de suceder.
Me subo a la cama y me pongo encima de Rodrigo, a la altura de sus costillas, de rodillas y con las piernas abiertas, dejando mi miembro a poca distancia de su boca.
Rodrigo sabe de lo que soy capaz y por eso mismo no se resiste.
Lentamente, bajo la cremallera del pantalón de cuero, mi miembro sale de inmediato de manera tajante, puedo sentir el alivio en mis testículos de inmediato.
Observo el tierno y masculino rostro de Rodrigo mirando fijamente mi pene. Esa cara inocente y asustada me excita todavía más. Acerco mi miembro y él abre la boca. Gimo con delicadeza cuando siento la humedad de su lengua en mi glande. Mi cuerpo vibra de manera notable y mi mente comienza a perderse en ese delicioso y único placer. Bajo la mirada, y me excito todavía más a Rodrigo chupándome la verga y con la mirada clavada en mi rostro. Ahora, esa inocente y dulce carita que tanto me excitó cuando estábamos en la universidad está debajo de mí, denotando su inferioridad como esclavo. Coloco mi mano en su cabeza y la empujo hacia mí para que todo mi pene entre. Luego, giro mi cuello para mirar a César, lo que me produce todavía más placer, observar cómo tiene el pene de Rodrigo en su boca, es igual de placentero al sentir la lengua de Rodrigo moverse alrededor de mi glande dentro de su boca. Gimo una y otra vez al mismo tiempo que empujo la cabeza de Rodrigo para que todo mi miembro entre en su boca.
—Más, chúpamela más —le ordeno y vuelvo a empujar, ejerciendo fuerza para que su boca mantenga mi miembro dentro.
Rodrigo se aparta y toma grandes bocanadas de aire después, parece que no le agrada mucho la idea de tener todo mi pito dentro de su boca.
—Me ahogo —se queja mientras toma aire.
—Me importa un carajo, es un castigo —y repito la misma acción, pero ahora empujando con más fuerza.
Rodrigo se pone colorado y frunce los párpados, la saliva comienza a emanar de las comisuras de sus labios.
Se aparta nuevamente para tomar más aire, sus ojos y sus mejillas están completamente enrojecidos.
—Mámala más, maldita sea —le exijo, colocando nuevamente mi mano en su nuca para empujarlo.
Y empujo su cabeza una y otra vez hacia adelante y atrás con movimientos rápidos y profundos. Rodrigo mantiene los ojos cerrados para soportar el castigo. Regreso la mirada a César, veo que solamente se está haciendo pendejo, pues observa lo que hago con Rodrigo.
—¿Y tú qué estás mirando? Deberías de estar deslechando esa verga.
César continúa con su tarea, pero es demasiado tarde, tendremos que cambiar de plan.
Me aparto de Rodrigo y bajo de la cama. Él se mantiene quieto, con los ojos fijos al techo y respirando profundamente, esperando a mis órdenes.
—Sigue mamando, César —le ordeno.
Y por la manera en la que lo hace, me doy cuenta que el muy estúpido sigue haciéndolo mal.
Camino velozmente hasta llegar a él, y pongo mi mano en su cabeza.
—¡Tienes que chupársela toda! —y empujo con fuerza.
César suelta un sonido de ahogamiento al sentir el glande de Rodrigo hasta su garganta. Empujo hacia arriba y abajo con fuerza. César intenta resistirse, pero se lo impido. Grandes cantidades de saliva comienza a escurrir por los testículos de Rodrigo.
—Eso es, así se mama un pene, así —le digo sin dejar de direccionar su cabeza.
César se aparta un poco.
—No mames, me estoy ahogando.
Comienzo a reír, sus ojos llorosos delatan el sufrimiento que está viviendo, y no sabe lo que se le espera.
Le echo una mirada a Rodrigo, que mantiene los ojos fijos al techo.
—Rodrigo —le digo—, quiero que le desgarres el ano a César.
Y los dos vuelven a mirarme sorprendidos.
—No mames, por favor no —dice César en voz baja.
—No te estoy preguntando si quieres —le digo a César, sin apartar mi vista de Rodrigo—, es una puta orden, así es que, por favor, acomódate en la cama.
César niega con la cabeza, y sin tener opción, sube a la cama y se pone en cuatro patas.
Rodrigo interpreta de inmediato su posición y se coloca detrás de César.
Me acerco un poco y antes de que lo penetre, me dispongo a darle unos cuantos chupetones, pues se ve un poco flácido y así no podrá hacerlo.
Cuando por fin siento que su pene está listo, me aparto un poco y dejo caer cantidades considerables de saliva en su glande para que lubrique lo suficiente.
Luego, Rodrigo toma su miembro y lo acomoda en el estrecho y apretado ano de César. Empuja despacio y el glande entra, afortunadamente no es un miembro grande, por lo que César no sufrirá demasiado.
—¡No mames! —suelta César en un grito al sentir cómo su ano se empieza a abrir.
Rodrigo continúa empujando hasta introducir la mitad de su miembro.
—¡Espérate por favor, esto duele hasta la madre! —se queja César.
Rodrigo mantiene los ojos cerrados, con la mirada al cielo y la boca entreabierta, parece que el virgen ano de César es una delicia.
Después de unos momentos, Rodrigo continúa con su tarea hasta que por fin todo su miembro se encuentra dentro de César. Yo camino al otro lado de la cama, subo a ella y me pongo de rodillas frente a César. Él mantiene la quijada presionada y los ojos bien cerrados, intenta disipar el dolor, pero yo le voy a ayudar.
—Abre la boca —le ordeno.
Abre la boca y los ojos para verme, su fría e irritada mirada me hacen sonreír y, de mala gana, me obedece.
Introduzco mi pene en su boca y empujo la cadera con fuerza para que lo chupe todo. Rodrigo se dispone en mover el cuerpo también, haciendo que César quede preso entre los dos. Y el cosquilleo se produce en mi estómago, no solo se debe por la boca de César, sino también por los gestos de Rodrigo que demuestra el estar desfundándolo.
—Eso César, así… ¿quién es el putito ahora? ¿quién es el putito ahora? —le digo en tonos sensuales y perversos.
—Cógetelo, Rodrigo —le ordeno—, métesela con fuerza, hasta adentro.
Rodrigo precipita sus movimientos, haciéndolos más rápidos y soltando fuertes gemidos.
—No voy a soportar mucho, ya casi me voy a venir.
Y su frase me excita tanto, que siento un fuerte cosquilleo debajo de mis testículos, avisándome ese delicioso orgasmo.
—Ya no aguanto —me avisa de repente.
—Vente en su boca.
Rodrigo se aparta rápidamente de César y yo lo empujo con fuerza para que caiga en la cama. Entonces, Rodrigo se apresura y coloca su glande a pocos centímetros de la boca de César.
—Abre la boca, César —le ordeno mientras me masturbo para intentar venirme al mismo tiempo.
—No mames, no me pidas eso… ya no.
—¡Abre la puta boca cabrón, si se te escapa una maldita gota de leche, te juro que te vas a arrepentir!
César la abre de inmediato y Rodrigo se viene. Gime con fuerza mientras sacuda rápidamente su pene para expulsar toda su leche. El semen emana y cae directamente en la boca de César, justo lo que necesitaba para venirme yo también. Logro venirme de inmediato y direcciono mi pene en su boca, mi semen también cae dentro. Puedo sentir el orgasmo, aquella sensación de hormigueo en toda mi área genial, aunque enfatizada en los testículos y el área entre ellos y mi ano. Mi cuerpo se debilita y mis piernas tiemblan con fuerza al mismo tiempo que percibo los fuertes y precipitados latidos de mi corazón.
Abro los ojos, parece que César va a vomitar, maldito idiota.
—Pásatelos —le digo.
César me obedece, haciendo dicha acción con el ceño fruncido, intentando soportar las expresiones de asco.
Rodrigo se deja caer al lado de César, ambos se quedan en la cama con la vista en el techo. Yo salgo de la cama, me acomodo el pantalón de cuero y tomo mis pertenencias que dejé en el buró.
—Al rato voy a saber todo lo que hablaron con Kevin —les digo y camino a la puerta para irme—. Ojalá y hayan aprendido la lección.
Ambos me miran con seriedad, parecen estar enfadados, pero no me interesa.
—Y quiero que estén limpios para la medianoche, vamos a volver a jugar, en breve recibirán mis indicaciones —y salgo de la habitación.
Me encuentro con Arturo en el pasillo.
—¿Qué haces?
—Nada, solo vigilaba.
Bajo la mirada y observo que su miembro está duro, alguien nos estaba escuchando.
Lo miro a los ojos y le sonrío.
—Arturo, se supone que debes de vigilar el pasillo, no lo que se hizo en la habitación —le digo.
—No, yo no…
—Shh… —lo callo, colocando mi dedo índice en sus labios—. Espiar a las personas es algo que no se debe hacer, ¿entiendes?
Arturo asiente rápidamente.
Coloco mi mano en su miembro y comienzo a lamer su oreja.
—Parece que el pequeño Arturo delata tu mentira, por favor no mientras.
—Perdón, perdón.
—Al rato recibirás indicaciones, necesitaré de tu ayuda.
—Sí, como usted diga.
Lo suelto y me aparto de él para ir a mi habitación, tengo que prepararme para ver a Kevin, necesito saber con exactitud qué tantas cosas ha hablado con ese par de imbéciles.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Venganza Series 1: Bruno | 6. Sorpresa




MARTES

Al otro día, desperté muy emocionado y lleno de energía. El día anterior me cansó mucho, pero por fin, después de haber dormido por casi diez horas me sentía como nuevo. Miré el reloj mientras me acomodaba el saco, faltaban diez para las nueve. Me apresuré a peinarme el cabello con gel, acomodándolo de lado y finalmente me abroché un hermoso reloj de oro que usaba papá. Me miré en el espejo; me sentí satisfecho por mi vestimenta.

martes, 15 de diciembre de 2015

Venganza Series 1: Bruno | 5. Palabras de Madame





El clima de la noche hizo sentirme más tranquilo y despejado. Me sentía mucho mejor mientras mis pulmones se llenaban de aire fresco al mismo tiempo que caminaba y observaba la flora brillar por la luz de las farolas. Mis pasos al pisar el pasto era lo único que se escuchaba, acompañado con el cantar de los grillos. De repente, me di cuenta que ya estaba en la parte trasera de la casa. Incliné ligeramente la cabeza cuando observé algo que llamó mi atención: una banca de acero pintada de blanco con unas partes ya oxidadas por el paso del tiempo. Recordé entonces, que ese fue un regalo de mi abuelo cuando cumplí nueve años.

Sonreí, pues conmemoré muchas cosas de aquel cumpleaños y caminé para sentarme y fumar un cigarrillo. Cerré los ojos, al mismo tiempo que sentía el humo en mis pulmones para después exhalarlo. Entonces, continué recordando mi primer encuentro con Madame.